Es curioso que coincidan en el tiempo la obsesión por las pieles tersas y la adoración por los muebles antiguos. Es gracioso que nos dejemos la piel en operaciones de cirugía estética y después prefiramos los muebles con surcos. La estética y la decoración circulan por carriles muy diferentes. Por carriles contrarios, concretamente.

Es 1950, y estamos en un país Escandinavo. Aunque la mayoría de ellos tiene una larga tradición en muebles de diseño de calidad, es en la década de 1950 cuando muchos países nos enteramos de ello. Y lo hacemos gracias a una exposición titulada “Design in Scandinavia” que recorre varias ciudades hasta 1957 y que proclama una nueva filosofía que provocará un apasionante giro de guión en la historia del diseño

En esa exposición se concentra la esencia del diseño escandinavo. Una perspectiva revolucionaria según la cual la belleza y la calidad de un objeto se entienden como una necesidad y no como una manera de alcanzar cierto status. Los diseñadores se comprometen a crear muebles que consigan mejorar la vida de las personas y para ello no sólo se estrujan el cerebro para diseñar muebles orgánicos sino que no conciben trabajar con otra cosa que no sean materiales de primerísima calidad.

Es una verdadera época dorada para el diseño. Un paraíso para los diseñadores. Si le preguntáramos a creadores actuales como Jasper Morrison, Jaime Hayon o Ilse Crawford a qué lugar les gustaría ser teletransportados, probablemente dirían a un pequeño taller danés o finlandés en la década de los 50.

Skönhet åt alla! -¡Belleza para todos!- es el lema de la escritora y feminista sueca Ellen Key que acuña todo el colectivo. Y en esa línea trabajan por ejemplo figuras como Alvar Aalto que, junto a su talentosa mujer Aino Alto desarrollará una serie de sillas míticas que simbolizarán este nuevo rumbo. 

alvar aalto

Alvar Aalto con su segunda mujer, Elisa en su "residencia de verano", la Casa Experimental. 

Por aquella época también aparece por primera vez el término hygge, un concepto que se va popularizando con el tiempo y que hace referencia a un encanto especial, a aquel sentimiento de ternura y  comodidad que desprende un determinado objeto.

¿Puede el buen diseño mejorar la vida de las personas? Hace un par de años, a una amiga le dieron una noticia tan pésima por el móvil que no sabía qué hacer ni adónde ir. Se encontraba en el centro de Barcelona y sus pasos la llevaron casi por instinto al local diseñado por un interiorista al que admiraba. Una vez allí, la complicidad de aquellos muebles escogidos con cariño, le proporcionaron alivio. Y, poco  a poco, fue recuperando la calma.

Seguimos atentos a los últimos avances en cirugía, y hay quien invierte la paga doble en borrar el último signo del paso del tiempo, pero la decoración circula por otros carril. El nuevo lujo ya no se vincula a la perfección ni a la ostentosidad, sino precisamente a la tradición y a la longevidad. Y en este contexto, no nos debería extrañar que las arrugas de un mueble, de un mueble hecho en un taller escandinavo, por ejemplo, no se vivan como una alarma, sino como un signo de autenticidad. Es lo que tiene el hygge: que aumenta con el paso del tiempo.

Cristina Ros